si una gota fue el olvido los carnavales y las lisonjas faltarán al desarraigo de lo que choca contra el alma solitos los volcanes del pueblo serán torrentes de folclore finisecularmente hay que levantar vuelo crecer como la invariable crueldad y enfrentársele con racimos de novas y sinpensarear el amor retribuirlo por los parlantes del techo a la espera del sol y ofrecer la humilde condición de intentar ensanchar junto a los niños del mosaico la nueva carta de tréboles que proteja bajo la lluvia los mostradores de la sonrisa no tienen por qué hacerse esperar luego del bebedero de domingos y del silabario donde dormíamos es necesario apretujarnos frente a todo sin prejuicio ni exclusivismos
Renzo Cecenarro Nació en Catamarca. Poeta y músico, cursa el profesorado de letras en la Universidad Nacional de Tucumán.
Los viejos amores que no están, la ilusión de los que perdieron, todas las promesas que se van, y los que en cualquier guerra se cayeron. Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia.
El engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos, el indulto y el punto final a las bestias de aquel infierno.
Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia.
La memoria despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan vivir libre como el viento.
Los desaparecidos que se buscan con el color de sus nacimientos, el hambre y la abundancia que se juntan, el mal trato con su mal recuerdo.
Todo está clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia.
Dos mil comerían por un año con lo que cuesta un minuto militar Cuántos dejarían de ser esclavos por el precio de una bomba al mar.
Todo está clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia.
La memoria pincha hasta sangrar, a los pueblos que la amarran y no la dejan andar libre como el viento.
Todos los muertos de la A.M.I.A. y los de la Embajada de Israel, el poder secreto de las armas, la justicia que mira y no ve.
Todo está escondido en la memoria, refugio de la vida y de la historia.
Fue cuando se callaron las iglesias, fue cuando el fútbol se lo comió todo, que los padres palotinos y Angelelli dejaron su sangre en el lodo.
Todo está escondido en la memoria, refugio de la vida y de la historia.
La memoria estalla hasta vencer a los pueblos que la aplastan y que no la dejan ser libre como el viento.
La bala a Chico Méndez en Brasil, 150.000 guatemaltecos, los mineros que enfrentan al fusil, represión estudiantil en México.
Todo está cargado en la memoria, arma de la vida y de la historia.
América con almas destruidas, los chicos que mata el escuadrón, suplicio de Mugica por las villas, dignidad de Rodolfo Walsh.
Todo está cargado en la memoria, arma de la vida y de la historia.
La memoria apunta hasta matar a los pueblos que la callan y no la dejan volar libre como el viento.
León Gieco Argentino – 1951
Nació el 20 de noviembre de 1951 con el nombre de Raúl Alberto Antonio Gieco en una chacra cercana a Cañada Rosquín, en el centro de la provincia de Santa Fe.
que una mano prensil pareciera elevar ignora su esencia botella, desconoce su destino (el vino, cierto es, no bebe vino) en antípoda rincón de la foto otras manos reiteran el ritual: alzan copas, brindis, café. Añada usted a tal escena chambergos roaring twenties, cigarrillo pendiente de dos dedos, inversos otros dedos ciñen el talle de cimbreante hembra: ¿adónde hoy su sonrisa, collar aguamarino, terciopelo moldeando la cadera y el varón que la ojea, seda al cuello? ¿Mercedes Simone tal vez? ¿Alberto Gómez será quien ríe con bufanda? Ha de hacer frío en esta foto, vean: varonil chaleco zorros sobre turgentes formas. ¿Un viejo fuma en pipa o es por pipa fumado? Sonríen ellos a la foto, al clic de absurdo ayer que –obstinado- querés tornar presente (oscurecidas, ya, las luces todas). Entre sillas de Viena y espejos art-decó, alegres de estar vivas sonríen a la foto las burdas calaveras.
Jorge Ariel Madrazo El escritor argentino Jorge Ariel Madrazo nació en Buenos Aires en el año 1931 y, según confesó en alguna oportunidad, desde pequeño ya había descubierto su vocación poética. Así fue como se embarcó en esta aventura literaria que comenzó a dejar al descubierto sus capacidades a partir de 1966, año en que empezaron a aparecer sus primeras obras, dentro de las cuales se encontraban “Orden del día”, “La tierrita”, “Breve historia del bolero”, “Espejos y destierros” y “Blues de Muertevida”, entre otras creaciones.
Cientos de animales están cazando ahora y en su mente quieta no hay otro dibujo /que una presa pequeña.
Cientos de árboles hermosos se están /meciendo ahora y hay un pino azul en el centro y una pista de patín que se forma alrededor /por efecto de la nieve en su acumulación.
¿De dónde llegaría, si llegara la calma como un manto ideal en su reposo sin paralelo real en las ideas o un obrero trabajando la miel como /las piedras, en su labor continua?
Si nuestro corazón verdaderamente /ya no amara nada ya no creyera en nada,
¿veríamos resistir a los leones del mundo, /apiñados como rocas, con toda la violencia /contenida entre sus músculos? ¿o en cambio veríamos lobos oscuros, cipreses altos y especies rígidas abandonar el calor y /entregarse dulcemente a la muerte?
El movimiento anillado de nuestro pensamiento /nos devuelve siempre a casa y “las cosas como son”, en boca de un pájaro /cualquiera, debiera parecernos más bien un gesto /o un susurro, un árbol inexpresivo cuya existencia /se sostiene en ramas.
Adriana Kogan Nació en Buenos Aires el 9 de agosto de 1983 en Buenos Aires.
Sabía que pasaría el tiempo esperando a esa mujer que nunca iba a llegar; ella tiene el sí rengo/y suele decir sí pero termina en no porque está convencida que la vida va a hacerle alguna jugarreta que nada cuanto los demás dicen se hará cierto que será irremediable terminar caminando sola en la noche.
Desde un oscuro resorte del pasado - si su encuentro es con un hombre - cree que la ternura es fatalmente el antecesor del puñetazo.
¿Cómo decirle que vive detrás de sus murallas acechando el golpe artero que tal vez no vendrá?
Su por las dudas le congela la piel la repleta de púas y se trepa a su boca convirtiendo en un no sus propios sí.
Carlos Patiño Inédito Nació en 1934, miembro del Grupo Barrilete.
Nos matan siempre nos matan Nos tiran con lo que tienen Nos venden las pastillitas pa Que no nazcan los nenes. Pero nos queda la tierra Pa que paguen lo que deben.
Seguimos siendo los pobres Somos subdesarrollados Pero basta de colonias Ahorita estamos cansados Antes de los españoles Éramos civilizados.
Por eso te pido hermano Que escuches mi chacarera Que es música de tu tierra Que es música verdadera Herencia de quechuas, turcos Raza, esperanza y bandera
Arriba los corazones Abierta nuestra frontera Alegría pa mi pueblo Gente que lucha y espera Que vivan los argentinos Que viva la chacarera.
De a poco vamos creciendo Nos vamos haciendo grandes Metiendo hombro con hombro Matando miedos cobardes Solo peleando la vida podemos ir pa delante.
Juntitos vayamos todos Bailando esta chacarera Pa poder ver al invierno Vestido de primavera Sacame a los que me sacan Virgencita milagrera
Que bueno vernos contentos Con lo poco que nos queda Corrientes yo te devuelvo Mi sangre chamamesera Mandinga hizo las trincheras Tata dios la chacarera
Arriba los corazones Abierta nuestra frontera Alegría pa mi pueblo Gente que lucha y espera Que vivan los argentinos Que viva la chacarera
Mañana me vestirán con cenizas el alba, me llenarán la boca de flores. Aprenderé a dormir en la memoria de un muro, en la respiración de un animal que sueña.
Moradas
a Théodore Fraenkel
En la mano crispada de un muerto, en la memoria de un loco, en la tristeza de un niño, en la mano que busca el vaso, en el vaso inalcanzable, en la sed de siempre.
Anillos de ceniza
a Cristina Campo
Son mis voces cantando para que no canten ellos, los amordazados grismente en el alba, los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.
Hay, en la espera, un rumor a lila rompiéndose. Y hay, cuando viene el día, una partición del sol en pequeños soles negros. Y cuando es la noche, siempre, una tribu de palabras mutiladas busca asilo en mi garganta, para que no canten ellos, los funestos, los dueños del silencio.
Alejandra Pizarnik de “Los trabajos y las noches” se publicó en 1965.